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Opinión

La España vacía y el infierno en la Tierra

Señores políticos capitalinos, la España vacía no existe. Dejen de vaciarnos, por favor. Aquí vive gente, se sorprenderían si lo vieran. A algunos, desde la distancia de sus torres urbanas de marfil, desde su comprensión de la realidad consistente en la suma de titulares cotidianos, les sonará extraño, pero hemos estado viviendo aquí, el infierno en la Tierra según todos los medios, durante los últimos 40 años. Los mismos durante los que ustedes han venido ignorando aquello que tantos servicios ha dado al poder. Es decir, a su poder.

El régimen, que no sistema político, "que nos dimos entre todos" en el 78 se creó bajo la supervisión de los cabecillas, residentes en Madrid, de unos nuevos órganos del Estado que hasta ahora no habían existido como tales en toda nuestra historia: los partidos políticos identitarios y estatales. En este régimen de poder, la masa, porque así se nos conceptúa en una tradición política que viene desde la segunda mitad del XIX, cuando nacen los partidos identitarios, aún no estatales; en este régimen, la masa, digo, ha de refrendar uno u otro de los bloques sin mediar previa palabra con el ciudadano mediante procedimiento formal, es decir, por pura identificación (de ahí el calificativo de resonancias fasciosas), como si de un equipo de fútbol o del cantante de moda se tratara, una relación puramente unidireccional y subordinada, en un plebiscito convocado cada cuatro años que lo único que pregunta en realidad, por si el lector no se lo había planteado, es sobre la continuidad del gobierno partidista anterior. Terminadas las votaciones refrendarias o plebiscitarias, jamás "elecciones" ya que no se elige nada (un plato combinado siempre lo combinan otros), el poder se concentra en la persona que encabeza el bloque ganador, de ascendencia siempre urbana por diseño obvio, no pintando nada en este estado de cosas la relación con los distritos electorales de los llamados diputados, que en realidad son exclusivamente los empleados del jefe del bloque de turno en las aún hoy día llamadas Cortes. Es decir, por pura definición, los cortesanos del jefe de facción, dueño absoluto de la sede del Estado.

Los llamados "constituyentes" fueron más allá, y no contentos con instaurar un régimen ajeno a la libertad política, quisieron añadir "estabilidad" intentando favorecer el burdo mecanismo de limitar las opciones, idealmente reducidas a dos, en reminiscencia del pacto Cánovas-Sagasta de 1885. No fuera a ocurrir que alguno saliese rana. El miedo a la libertad y no otra cosa es lo que ha dominado todos los cambios políticos de los últimos siglos en este país, y lo del 78 no fue ninguna excepción, impidiendo una y otra vez que sea el conjunto ciudadano dando un paso al frente, y no el poder establecido y miedoso, el que tome sus propias riendas de una vez como verdadero constituyente indiviso, es decir, no "partido", como correspondería a un sistema político de plena legitimidad democrática. En su demostrable ignorancia, como mínimo de las matemáticas elementales, aquellos artífices creyeron aquilatar ese principio turbio de estabilidad mediante una estructura premeditada de circunscripciones electorales en el que la creación consciente y por diseño de restos minoritarios, es decir, las provincias pequeñas, apuntalaran la ventaja de los mayoritarios, es decir, del bipartidismo. Como si no se supiera por teoría política o por simple comparación con lo ya vigente, cuarenta años tuvimos para estudiar otros sistemas ademocráticos semejantes implantados tras la segunda guerra mundial por toda Europa, que los regímenes de partidos por cuotas proporcionales tienden a la disgregación y a la multiplicación de facciones. Lo excepcional en España es que el bipartidismo haya durado tanto, posiblemente por motivos puramente idiosincrásicos, es decir, por esa herencia cainita nuestra, pero estaba claro que tarde o temprano esa alternancia perfecta de inspiración decimonónica se tenía que romper, y bastó una crisis de la economía como excusa para que aflorara el hastío de la sociedad hacia los políticos, que no son sentidos como representantes de nadie porque, efectivamente, no lo son, para que la disgregación, en una especie de huída hacia adelante del desinformado pueblo español, tuviera lugar y se instalara para quedarse (mientras perdure el régimen actual). Ahora que el pastel se divide en cinco trozos principales, el diseño trabaja a la contra de aquella "estabilidad" pretendida, aunque ya venía haciéndolo en realidad con los partidos regionales desde hace tiempo. En provincias pequeñas y con muy pocos votos a los que convencer, un diputado, es decir, hay que insistir, un empleado del jefe de Madrid, jamás de su distrito, por azares no tan controlados desde la las cúpulas partidistas relativos, por ejemplo, a la imagen personal del señor Cayo de turno o a otras circunstancias locales ajenas al discurso mayoritario, mediático y urbano, en un amago paradógicamente de lo más parecido a la representación que puede tener lugar en este sistema intrínsecamente no representativo, un diputado, digo, puede acabar cayendo en cualquiera de las cinco facciones aparentemente ya consolidadas en este momento, tomen las siglas que tomen como marca en el futuro. Es decir, el sistema al final ha acabado funcionando para apuntalar la implosión de los poco disimulados planes de aquellos genios de entonces que creyeron estar haciéndose un traje a medida, empeñados en sorber (sistema proporcional) y soplar (bipartidismo) al mismo tiempo.

De ahí, y no de otro sitio, viene el inédito barullo mediático reciente sobre la cuestión rural, en este país ausente de prensa libre, siempre escrita al dictado de los omnipresentes partidos: del repentino interés por las "provincias" y los "provincianos" de sus señorías capitalinas, demasiado parecido a lo del amor al tal Andrés. ¿Se imaginan lo que le pasaría a un diputado sujeto, en lugar de a las órdenes de quien le puso en la lista, a sus electores de distrito por mandato imperativo directo si no hiciera caso de lo que en el distrito pasa? En efecto, sería fulminado por sus electores de inmediato. Distritos uninominales por mayoría absoluta y con mandato inmediatamente revocable, es decir, un representante verdadero del elector en cada distrito, que tiene que escuchar y responder legalmente y en todo momento ante él, que tiene oficina personal en el distrito del que depende, que cobra (o deja de cobrar) directamente de ese distrito y no por gracia de un jefe que le puso en una lista a cambio de ser luego votado como presidente, miembros ambos, diputado y jefe, de una misma camarilla completamente ajena al ciudadano, organizaciones opacas y no controladas por el pueblo por mucha vestimenta de apariencia democrática que quieran mostrar en sus procedimientos internos y que al final siempre se demuestra falsa, como no puede ser de otro modo (ley de hierro de las oligarquías, Robert Michels). Es decir, en lugar de unas "cortes" que nos acercan más al antiguo régimen que al control del poder por el pueblo, una verdadera cámara de representantes legales que actúan bajo la espada de Damocles del mandato imperativo, o sea, de la obligatoriedad de cumplir lo apalabrado sin meter, por supuesto, la mano en la caja, y de la posibilidad de destitución inmediata por simple acuerdo de sus electores en el mismo momento en que ellos lo deseen, simplemente por haber sido defraudados en sus expectativas. Representantes a las órdenes de la nación, jamás a las de una cúpula faccionaria ajena al elector y remota en el espacio y en intereses al distrito. Eso es lo que le hace falta a la "España vacía", señores mandantes, que no mandatarios, de Madrid. Un sistema que iría a costa de su poder omnímodo, obviamente, nadie se extraña que ninguno de ustedes quiera hablar de esto mientras nos arrojan zanahorias cada cuatro años, más bien pocas y más bien pochas hay que decir. Tendremos que hablarlo los demás, es decir, el pueblo, la nación que algún día será constituyente, cosa que jamás lo ha sido en este país.

Porque, aunque aún no lo sabe, la representación verdadera y funcional también le hace falta al resto de España, a la parte masiva y mediatizada, la que no quiere venir a vivir al campo, apunten bien esta idea, señorías, si quieren comprender algo de lo que le está pasando a esa España que se empeñan en vacíar en sus discursos. Porque el campo es muy incómodo y hay que hacerlo todo desde cero, porque el campo es algo "como de la posguerra", un lugar de pintoresca miseria que nadie quiere para sí mismo aunque sí para usarlo, es el verbo correcto, el fin de semana, para pasear "en plena naturaleza", es decir, con barandillas, hagan el favor, y con la pauta bien trazada y señalizada, para tomar unas tapas en un escenario mejor cuanto más literalmente lo sea, es decir, cuanto más artificial y parecido a la urbe, lugares creados y no encontrados ni mucho menos descubiertos tal cual son, mucho menos respetados porque siempre quieren ser adaptados, remodelados, domeñados al dictado de una imagen que no es propia del sujeto activo sino implantada por quienes no han comprendido nada (nada más que su interés), siempre elaborada desde la predominancia sociológica de la gran ciudad, que es la que mueve masas y que es la más fácil de amasar, siempre completamente ajena a la realidad rural e incluso a la realidad misma. El campo idílico, bucólico y pastoril del fin de semana, es, no se cansan ustedes de ahondar en el estigma, partidos y medios, sea directa o subliminalmente, el mismísimo "infierno en la Tierra" en el día a día y, por añadidura, más valdría "urbanizarlo" para hacerlo "civilizado", que si no, claro, no se puede. Ya podrán intuir que con ello hacen flaco favor, y sigo aquí su concepción paternalista de las cosas, a ese campo que tanto, de repente, les preocupa ahora.

Ese y no otro es el origen profundo de la "despoblación", que es puramente sociológico, más que económico, no se equivoquen y no nos engañen más, en este país en el que la iniciativa y el pensamiento propios, imprescindibles para "dar el salto al campo", están ninguneados y apartados bajo la hegemonía cultural partitocrática, en el que, en esa forma de pensar colectiva cuidadosamente moldeada a lo largo de los años, cuando algo es bueno, jamás ha salido de la nación libre, que la nación no sabe aún ni lo que es eso, aunque lo sabrá, no lo duden, sino de la "gracia" que tenga a bien conceder el partido o facción de turno, en similitud de la pleitesía propia de otros tiempos. Reminiscencias que son parte, nos guste o no, de nuestro ethos como pueblo, cuya naturaleza profunda, herencia de al menos los 40 años anteriores al 78, pero resultado también del diseño de lo que vino después, cercena en general, al contrario de lo que pasa en parte de Europa (véase el campo de Francia o Inglaterra), el impulso exploratorio y de asunción de riesgos personales necesario para emprender una nueva vida fuera de las ubres acomodaticias de la gran ciudad. Por que sí, el mundo rural es difícil, no nos vamos a engañar, pero en absoluto imposible. Solo tienes que tenerle de verdad ganas. Si no, ya podemos seguir añadiendo siglas a la ensalada de letras de los ARI, ARU, FEDER, LEADER, PAC, etc, que se viene salpimentando desde hace tiempo en el guiso de ese tan propagandístico "desarrollo rural" y que han servido hasta ahora más bien para echar sal en las heridas ya que la lechuga de debajo, es decir, los pretendidos nuevos pobladores, sigue brillando por su ausencia, salvo honrosísimas y parcas excepciones que, además, suelen instalarse sin pedir sal ni albahaca: ya se la plantan ellos. Con condimento o sin él, la sociedad hegemónicamente urbana e ideológicamente urbanita prefiere no venir por pagos tan exóticos más que a recrearse en ese exotismo, y el domingo por la tarde a casa, es decir, a la caravana, ni hacer, en fin, ningún tipo de extravagancia ajena al guión. Insisto, apúntense el concepto, que es la clave. Malos mimbres en todo caso teniendo como tenemos una de las más bajas densidades poblacionales, hablo de la nación en conjunto, de toda Europa. Lo cuál, visto desde determinado punto de vista, sería en realidad un privilegio si no fuera por el exacerbadamente deficiente reparto que se hace de él en términos territoriales, cosa que tampoco ha sucedido completamente al azar, también hay que decir, desde el punto de vista de la planificación política del territorio (AVE, autopistas radiales, etc.) ¿O se piensan sus señorías que con sus novedosas propuestas para los proximos comicios, vistas y revistas una y mil veces, que ahora dicen que van a tener a bien conceder, trasplante de ideas de diseño urbano intrasplantables a la realidad rural más allá de aquel cuatrienal eco, siempre amortiguado como corresponde a su naturaleza, van a solucionar lo que no es más que el resultado del carácter en lenta evolución de todo un pueblo, producto de una herencia política que niega por diseño consciente el mismo espíritu de nación libre compuesta de individuos capaces, además de la pura y dura estructura demográfica paulatinamente apuntalada durante décadas por un sistema de infraestructuras contrario a todo lo que vienen a predicar ahora, de repente, cuando les mueve el miedo de no ser capaces de seguir sujetando ese estado de cosas que nos tiene atascados precisamente aquí? ¿De verdad quieren hacernos creer que son ustedes tan poderosos para cambiar de un plumazo, siempre en el nombre y por el bien de su pueblo agradecido, cosas tan firmemente instaladas sin que nada profundo, es decir, su capacidad de impregnarlo todo en esencia, cambie en realidad? Lo lamentable no es que ustedes se lo crean, que ya sabemos que no se lo creen. Lo triste será que lo sigan haciendo, a estas alturas, los "refrendantes".