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Opinión

SANCTIFICETUR NOMEN TUUM

Siempre he pronunciado su nombre con respeto y cuando lo he escrito ha sido con un atávico orgullo no disimulado. Siempre te he buscado entre los colorines de los mapas, más bien por si estabas ausente que por si estabas ahí y no querías decirme nada; y, en los libros que al final tienen un índice onomástico, he peregrinado con la uña del dedo índice simulando ir ganando altura por ver si te encontraba, entre Sevilla y Soria. También te busco en postales, en grabados, en medallas, en sellos, en camisetas, en mecheros, en los papeles de envolver el kilo de chuletas o un brazo gitano, igual que en reproducciones de materiales de bisutería no más nobles ni baratos. Hoy te encuentro en los distintos medios de comunicación, y tus muchas imágenes y textos los retengo tercamente en los archivos de mi ordenador, porque tu peso no pesa.

Veces y veces he oído la secuencia sonora que te nombra con los significantes de forma correcta emitidos, pero no siempre los sonidos de los demás son los que son los tuyos: te confunden la ese con la zeta o al revés en estas sureñas regiones del reino; o te rompen el espinazo central en dos partes y el dolor no te deja queja alguna porque sabes del sedante de las buenas intenciones de los criminales; o te tratan como antigualla no evolucionada en el curso del tiempo donde puentes fueron pontes y fuentes fontes, y se te medio entornan los ojos notando cómo ibas creciendo tras muros y murallas en la vastedad de un páramo inmisericorde, que los brazos eran ya esas altas torres para ver y ser vista, la celosía de tu infancia mostraba ya a una moza en flor y perfumada, ojos para mirarte, labios para la doncelía; o qué decir de ese signo de distinción, esos dos puntos horizontales sobre esa ü que tú, como las ajorcas de las damas iberas, te cuelgas cada mañana para salir a pasear ribera abajo. No quiero hablar de tu acentuación, aunque bien sabes que eres una palabra exenta como una escultura, importante por sí misma, tónica es decir, no del nivel de otras palabras que no sirven sino para relacionar, y eso es nada, otras palabras.

El tiempo, eso que nos hace viejos, eso que todo lo embarra y lo mezcla, te ha cercado de otros avatares. Los más modernos, como Google, te rebajan la inicial mayúscula, como si en ello se llevaran algún significado. Minúscula, pues. Esos mismos te prefieren desnuda de adornos, esencial, minimalista, sin almenas ni tesoros, ni recovecos con que un signo de escritura obligue a que esa ü sea pronunciada, no como ese alguien o ese aquel que en la escuela no supo aprenderlo y luego, como de sabio, lo ignoró. No te serán necesarios tampoco los pendientes, pero a ti te gusta pasearte con ellos, más que por presumida, por esa moderna antigüedad que tan diferente te hace. Y no lo dudes, que siempre puede ser peor: ahora los posmodernos de movilazo escriben “ziwenas” por cigüeñas, adulterando ese radical origen tuyo por un extraño ringorrango sajón que resulta como un insulto que hiere en los ojos y por el dasawe del wáter echan tu cigüeñal. Mil veces eres injuriada con el desparpajo injusto de un novato imberbe, y tú lo más que haces es cerrar los ojos, igualito que las estatuas de Plensa, como si tu fuerza fuera el silencio en vivo, y aguantar ¡Qué remedio! Y además, es dudoso el género gramatical de tu elaborado esqueleto, eres guapa y guapo en el mismo momento, luminosa e incluso luminoso, maestra y maestro, doncel y doncella, pero prefieres madre y madrastra, que es lo que mejor casa a tus instintos y a tu puro significante.

Para conquistar tu nombre hay que subir muchas cuestas resbaladizas, vadear muchas mimbreras, hay que evitar el sol demasiado de la desolada intemperie, comerse el frío, saltar charcos, rodear plazas, rendir fuertes y murallas, traspasar fronteras. Todo un laberinto tus moradas hasta que, con tus arreos propios bien puestos, dejas de ser guiños de algarabía y visajes de jerigonza. Y entonces suena la claridad, como una campana dorada, y te conviertes en exactitud y precisión: cuatro vocales y cuatro consonantes todas distintas y magistralmente ordenadas y talladas por el uso del hablar. El aire, materia inocentemente natural, hay que refinarlo en los pulmones; para que cumpla su función, hay que ir dejándolo escapar en tres tramos, tónico el central, manejándolo con las riendas de la lengua según su posición en la boca. Alveolar, gutural, nasalización, inter labial, son tecnicismos aclarados en los manuales de fonética y fonología. ¡Qué difícil llamarte! ¡Arte de magia el dudoso trazado de los signos que son ya tan tuyos como míos! La primera sílaba, un silbo casi, resulta ser ya un suficiente modo de invitación al silencio y a la siesta, a la silla y al sillar; la segunda, me avergüenza como un regüeldo endiablado; pero es la tercera y final la preferida por ti y por mí, y entonces vamos sacando nuestra colorada lengua por entre los castos dientes y los labios de lirio. ¡Y el aire se siente puramente agotado como yo!

Días de confinamiento sin fin y desescalada, soledad que enerva y frustra, un libro o un montó es un compañero excelente en este acuoso desierto. Stephen tiene su historia: de Dublín, lo conocí a mediados de los ochenta en un instituto de Alcalá de Henares en que ejercía como profesor de inglés, se casó allí, etc. Su hobby es la biografía y la obra de Cervantes, su espinita se llama Brexit. Hace unos años volvimos a coincidir y desde entonces nos tomamos alguna cervecita juntos, como ahora, al sol de las ocho y pico de la tarde. Entre Sirenas al norte y Nereidas al sur, cómodamente sentados frente a un mar que espejea un rubor como de vino y canta su sedante melisma, estamos esperando a Charo y Lola para echar un ratito y charlar.

-El teletrabajo es más trabajo, es un engorro sin fin que me tiene estresadísima. Y más blanca que el blanco de la leche. Aburrida estoy, y el verano llamando a la puerta, y todo esto que no acaba de acabarse. ¡Qué envidia me dais, jubiletas!- decía Lola mientras iba desenmascarando su sonrisa y luego escondía su tableta y sus gafas de sol en el bolso de cuero. Charo ya se había sentado, la mascarilla de pulsera:

-¿De qué se platica en esta botica? ¡Nada de política, eh, que si no Lolita se irrita!

-Pues mira. Estábamos hablando –decía Stephen mientras giraba la copa sobre la mesa- de su pueblo, que quizá vaya a aparecer en un listado para ser reconocido como patrimonio de la humanidad. Es muy difícil conseguirlo pero hay patrimonio, cultura y paisaje. Lo descubrí gracias a una excursión del departamento de extraescolares, luego he vuelto otras tres veces. Os dará la risa el que un pueblo de menos de cinco mil tenga lo que tiene por haberlo sabido mantener, que haya manejado tantísima piedra, haya trazado un espacio urbano para la convivencia, tres iglesias románicas y una catedral para verla y dentro la joya de su Doncel, una fortaleza acogedora, manzanas de edificios en terrazas bajando la cuesta hasta el Henares, río de la avena loca del Arcipreste de Hita y de ninfas renacientes, agua del bautizo de Cervantes…

-Esos son delirios de grandeza y puro chovinismo. La vanidad castigará a los “seguesanos”. Anda, búscalo en la tableta y dale a imágenes -estalló Lola mirándome con una expresión desdeñosa-. ¿Y la ciudad más antigua de occidente? ¿Los sarcófagos? ¿El teatro romano? Mis murillos, mis zurbaranes, mis goyas ¿no son nada? Y para guapo guapo el San Servando de la Roldana. ¡Habrase visto! Y no hablemos de los carnavales, Stephen.

- Creo que hay varias varas para medir varias cosas –retomó el irlandés-. Todo aspirante debe cumplir unos requisitos de los que puedes informarte en internet. Tened en cuenta que crearon donde nada había, y que eso ha de ser mantenido en un medio rural y en una España peligrosamente despoblada y desfavorecida. Los cluniacenses franceses reconquistaron la plaza en el siglo XII, implantaron el nuevo rito, construyeron símbolos, pero siglos más tarde también otros franceses la asediaron y asaltaron, despreciaron la imagen de la patrona traída por aquellos antepasados suyos y sometieron a sus habitantes a la indigencia de por vida. La nueva división territorial del reino, que Javier de Burgos modeló, le adjudicó, como sede episcopal, un territorio nuevo y repartió el que tenía. Fue un mal no menor decir adiós a San Baudelio, adiós a Medinaceli, adiós a Huerta. Y en la guerra civil el desatino de ambos bandos, a cañonazos por tierra y bombas por aire, la pretendieron con insano sadismo. Incluso el obispo ha emigrado a tierras de mejor pastoreo. Edificios totalmente vacíos que el tiempo irá royendo como es su costumbre. No hay ni vino ni aceite ni lavanda, ni una industria, siquiera pequeña, que sujete a los resistentes residentes y les permita prosperidad. Ni agricultura ni ganadería, apenas ya artesanos y cuatro hortelanos. Abundan tiendas y comercios, bares, restaurantes y terrazas. La enseñanza fue hace años su punto fuerte. Quizá podría especializarse en la práctica del idioma español para alumnos extranjeros, u otro tipo de saberes. Hasta entonces no le queda más remedio que vivir de los viajeros y turistas como un singular parque temático, eso sí, con la ventaja de distar de Madrid sólo ciento cincuenta kilómetros. Lo que hace falta es conseguir y gastar un montón de euros para llevar a cabo un amplio programa si no de creación al menos de mantenimiento –concluyó Stephen apurando el penúltimo trago ya calentorro.

Charo aplaudía con sordina el argumentario del discurso del irlandés hasta que se dio cuenta de que se le había caído la mascarilla y la recogió encogiendo el torso. Lola iba poniendo mueca de mona lisa mientras visaba y veía, pasaba, ampliaba, retrocedía las imágenes. El camarero ponía otras cuatro cañas. Al sol, ya beodo y púo, del todo amoratado, nada le quedaba para ocultarse en su yacija.

-¿Y este es el pueblo del que nunca te has desempadronado? ¡Joé, si es un gallo! Mira, mira, Charo, ¡un pueblo rojo! Arfavo, vente acá pacá –y acercaron no sin peligro las sillas para comentar juntas las imágenes - . Muy bonita postal, verde y azul. Al menos cinco rascacielos. Esto es la plaza mayor… esta, otra plaza con tres escudos, … un parque con árboles y quiosco, …una calle, un arco y encima un altar con virgen, …otro arco con virgen, … una casa con portón y almenas, …otra calle de casas iguales … una fuente con tres caños, … un museo pone que es, … aquí, antigua universidad, . ..eh ,quilla, peaso iglesia , no pinta que esté abandonada, …altar, altar, capitel, bóveda, reja del coro, sacristía, rosetón, claustro, capilla del Doncel, el hermano del Doncel, sus padres, más Doncel. A este ya lo tenía yo visto. ¡Qué tarde es! Venía así, la misma imagen, en el libro de Historia que me hicieron estudiar. Que me duele la cabeza. Hace poco que hablamos del síndrome de Stendhal pero lo mío debe de ser otro virus o el maldito teletrabajo. Escucha, siguentero, que tu pueblo me ha gus.., nos ha gustado mucho. Otro día será otro día. Apago la tableta, recojo mis cosas, ¡uf, la mascarilla! Bueno, pues muá, muá y muá. Todavía tengo que hacer cena para tres. Charo, hablamos mañana.

Y Lola se fue. Con Charo y Stephen aún nos tomaríamos otra u otra dos. Ya era de noche. Las palmeras, recién podadas, levemente inclinaban su penacho al viento del sur. Desde que han suprimido la circulación, todo se oye.

- Oye, ¿y tiene allí Cervantes el nombre de alguna calle?

- No, que yo sepa -le respondí-. Sin embargo sí las tienen Machado, Lorca, Picasso y algunos más del siglo XX. Es que hay muy pocas calles de nuevo cuño, de mujer creo que ninguna. No sabemos que Cervantes estuviera o pasara por allí, sí sabemos que conoció al secretario de uno de sus obispos. Esto, por supuesto, ya lo comentamos hace tiempo. Lo que no sé es si sabes lo del soneto de Alberti.

Hice ademán de declamar los primeros versos. Sí, conocía el poema. Lo guardaba en una foto que le había hecho en la estación del tren la segunda vez que vino. Charo se mostraba intranquila, la mascarilla de acá para allá, salió de la terraza a fumarse un cigarrillo y a trastear en el móvil. Y volvió. Me preguntó si estaba de acuerdo con lo que Stephen había dicho. Respondí:

-Totalmente de acuerdo, turismo, enseñanza y patrimonio, claro que este patrimonio tiene a la iglesia por dueña. Para todo habrá que contar con ella. Somos ya jubilados mayores. A ti quiero recordarte lo de tu admirado Stevenson, el escocés de La isla del tesoro, cuando habla del ocio como un hacer muchas cosas no reconocidas en los formularios de las clases dirigentes; que el ocioso cuida de su salud y espíritu al estar al aire libre, que nunca será dogmático y sí tolerante con toda persona y opinión, que si una persona no puede ser feliz más que estando ociosa, ociosa ha de estar. Reivindico, pues, el acceso a una cultura del ocio, un asunto me temo, muy personal.

-Quillo, que no me enteraba muy bien de cómo se escribía y cómo se pronuncia el nombre de tu pueblo. Creía que era algo así como Gigonza o algo parecido. Ahora ya lo tengo aquí pero no sé si lo sé muy bien leer. A ver, si, sig … Oye, ¿y estos dos puntos aquí cómo los leo?

- Pues no somos ni seguesanos ni siguenteros, ya se lo diré yo a Lola. Somos seguntinos con la pérdida de esos dos puntos que sin función son inútiles del todo. Respecto a su pronunciación… “siempre he pronunciado su nombre con respeto y cuando lo he escrito…” 

Antonio Ortiz Mochales