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Opinión

Delibes, la tierra herida y cuatro botarates

En la recta final del verano, de una tacada, me leí “El hereje”, “Cinco horas con Mario” y “Diario de un jubilado”. Tenía muchas ganas de leer y releer a Miguel Delibes, tenerlo presente en el centenario de su nacimiento – el próximo 17 de octubre cumpliría cien años – y sentir que sigue más vivo que nunca, en un mundo que se nos escapa de las manos.

Miguel Delibes en su domicilio en 1975. (Fundación Miguel Delibes).

Le gustaba definirse como “un hombre de campo” y nadó contracorriente, alertando de los peligros de un progreso descontrolado. Fue, por decirlo de alguna manera, un ecologista pionero, auténtico, un hombre al que le gustaba la caza. Un hombre tan apegado a esos campos, cada vez más despoblados, de Castilla que evitaba siempre que podía viajar a la capital de España. No, no era un ecologista sandía, verde por fuera y rojo por dentro, para que me entiendan, al que la naturaleza se le reveló un fin de semana caminando por una solana.

En estos tiempos tan extraños que vivimos, donde las cosas pequeñas adquieren un valor superior a las que hasta ahora considerábamos importantes y prioritarias, he vuelto a Delibes. A su literatura desposeída de falsos oropeles y adornos innecesarios. Leyendo al escritor vallisoletano me siento todavía más orgulloso de ser de pueblo, de haber nacido en una pequeña aldea en la que se respetaba la palabra dada y donde hay un dicho que define a la perfección el carácter austero y leal de sus habitantes: “al pan, pan, y al vino, vino”.

Cuando Miguel Delibes pronunció su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, en 1975, yo acababa de llegar a Madrid, por la Estación de Atocha en uno de aquellos ferrobuses alimentados con gasoil. Todavía recuerdo la impresión que me causó, al asomar con la maleta a la Plaza de Carlos V, el edificio del Ministerio de Agricultura y los bulevares del Paseo del Prado.

Delibes había escrito aquel año “Las guerras de nuestros antepasados” – una novela muy recomendable para Carmen Calvo – y su elección de académico la aceptó como un mero reconocimiento al trabajo literario ejercido durante casi treinta años. Por lo tanto, no pensaba prescindir de su cazadora de siempre, sus batidas de caza, sus días de pesca y su gorra con visera. Tampoco, por supuesto, de sus principios y de sus preocupaciones por el medio natural.

Así que aprovechó su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua para alertar a los allí presentes – muchos de ellos más amigos de los cafés madrileños que de los cerros donde anidan las perdices – de los peligros que suponía para la naturaleza el progreso descontrolado. A Delibes, al que tuve la ocasión de entrevistar en varias ocasiones, una de ellas en Valladolid con motivo de la publicación de “El Hereje”, le constaba que el insecticida DDT (dicloro difenil tricloroetano) era el causante de la desaparición de los petirrojos. Como le constaba también el efecto letal de herbicidas y otros productos químicos utilizados en la agricultura para los ríos trucheros y cangrejeros por los que se movía durante algunos fines de semana.

Para un hombre que escribía sus libros a mano y que sentía los problemas del mundo rural como propios, aquel discurso en la Academia era el que era y no podía ser otro. Algunos le llamaron entonces “aguafiestas”, mientras él seguramente les llamaría por detrás, con una sonrisa, “botarates” y “calamidades”, como Carmen Sotillo llamaba a ciertos amigos de su difunto esposo en la novela “Cinco horas con Mario”.

Delibes, además de un gran escritor, en cuya obra podemos recuperar algunas palabras del campo prácticamente olvidadas, es ahora una referencia casi obligada para quienes pretenden – quizá demasiado tarde – volver a llenar la España vaciada. En su bibliografía pueden bucear y descubrir que el problema de la despoblación del campo español comenzó a preocuparle mucho antes de que ellos vinieran al mundo. El problema es que entonces no se hizo nada y ahora tampoco, por mucho que se hable de esos nuevos planes de desarrollo para contener y, si es posible, incrementar la población de nuestros pueblos. De momento, sólo palabras.

Nadie como Delibes para explicarles a quienes han descubierto de pronto la gravedad de la despoblación que “menos predicar y más dar trigo” y recordarles también que ya vale de “marear la perdiz” de un lado para otro, con comisiones, ponencias y reuniones a distintos niveles y con distintos decorados.

Siguiendo con Delibes, que por algo me ha alegrado las últimas tardes del verano, y siguiendo con las recomendaciones de algunos de sus libros, convendría poner encima de los despachos de algunos de nuestros políticos – aunque sólo sea para que sepan de lo que realmente están hablando – otro libro importante del escritor castellano, en este caso escrito a cuatro manos, en interesante charla con su hijo Miguel, biólogo y director durante muchos años del Parque Nacional de Doñana.

Se titula “La Tierra herida” y es un aviso para navegantes, sobre todo en la actual encrucijada en la que nos encontramos. Padre e hijo, uno gran amante de la naturaleza y el otro científico comprometido con el medio ambiente, dialogan sobre los problemas ecológicos a los que se enfrenta el planeta en este nuevo siglo: el cambio climático, la desertización, la desaparición de especies, la escasez de recursos básicos como el agua, la contaminación del medio ambiente, el deshielo de los polos y el peligro de la subida del nivel del mar...

¿Estamos a tiempo de cambiar el curso de los acontecimientos? ¿Podremos frenar la degradación del planeta? ¿Hay soluciones reales y aplicables para reconducir el no muy halagüeño futuro de la Tierra? Estas preguntas se las hacían hace ya quince años Delibes padre y Delibes hijo (el mayor de siete hermanos).
Fue premonitorio; una de sus últimas aportaciones, antes de su muerte, para afrontar los desastres que nos están llegando.  

Mientras tanto, que dios nos coja confesados.

Javier del Castillo