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El Parte

Luz, más luz... eléctrica

La llamada del agente de una comercializadora de energía fue el desencadenante de mi decisión. Me conminaba a que le proporcionara de inmediato mis datos del contrato de luz para revisarlos ya que estaba empeñado en que pagara menos. Quise explicarle que no tenía la costumbre de cambiar de compañía tras una simple conversación telefónica, me respondió que “ahora todo se hacía por teléfono”. Ante mi absurda resistencia a rebajar mi factura de luz colgó indignado alegando que no tenía nada más que hablar conmigo.

Sintiéndome culpable de obcecarme por pagar más de la cuenta, quise indagar en aquel arcano papel que mi compañía eléctrica me buzoneaba mensualmente.

Dio la casualidad de que, por entonces, en mi localidad habían programado una conferencia titulada: “La factura eléctrica para tontos” con el subtítulo de: “Pobreza energética: nuevos nichos de negocio”. La dictaba un afamado hombre público cuyo nombre era seguido por una panoplia de masters obtenidos en prestigiosas universidades anglosajonas. Me dirigí al lugar en donde había dos entradas: una con puertas giratorias reservada a los conferenciantes y otra con un torniquete para el acceso del público, previo pago de una entrada y el habitual cacheo. Cuando llegué allí, el gentío abarrotaba la sala, no supe si atribuirlo al supuesto interés en conocer los entresijos de la trama eléctrica o a las gélidas temperaturas que existían en la localidad que contrastaban con la calidez de la sala.

Tras la breve presentación de un periodista corporativo que explicó con soltura la brillante trayectoria del anfitrión, este abrió su portátil para proyectar un power point. Manejando el ratón que convirtió en puntero laser, señaló en la pantalla la tosca figura de un neandertal tratando de conseguir fuego chocando una piedra con otra. “Ahí empezó todo”, señaló con énfasis. Pasó a continuación a explicar la liberalización del sector eléctrico que proporcionaba a los ciudadanos la posibilidad única de cambiar de compañía a su antojo. Luego habló de la pertinaz sequía, de la mano invisible, del calentamiento polar, del frío global y terminó haciendo una fervorosa loa a la nueva figura del Defensor de las Eléctricas, institución que velaba para evitar los habituales abusos de los consumidores. De repente sonó un conocido fragmento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Se hizo un inquietante silencio y el conferenciante pidió a los asistentes un esfuerzo de concentración. En la pantalla apareció un papel dividido en varios apartados. “Esto es una factura de la luz”, señaló con el puntero. A continuación se enfrascó en esclarecer conceptos como la comercialización de último recurso, la deuda derivada de la moratoria nuclear, las malditas primas a las renovables, el impuesto al sol por posición dominante en el mercado, el contador inalámbrico profundo, el alquiler de equipos eléctricos y fue descifrando diversas siglas como CUPS (Código Unificado de Punto de Suministro), PVPC (Precio Voluntario para el Pequeño Consumidor), TUR (Tarifa de Último Recurso), TPLC (Tasa Por La Cara), etc.

Fue en ese momento cuando se produjo el apagón. El local se fue tornando cada vez más gélido y del fondo aparecieron varias azafatas ataviadas de túnicas blancas portando velones encendidos lo que creó un ambiente espectral. Tras unos minutos de nerviosismo en la sala, el conferenciante, parafraseando a Goethe en el momento de morir, gritó: “¡Luz, más luz!”. De inmediato se encendió un potente foco situado en la cabecera de la sala que bañó a la multitud con una enceguecedora luz fría. Cambió la diapositiva en la pantalla y en ella apareció un rótulo en rojo con generosos caracteres que gritaba: “¡Aumenten la potencia contratada!” Tras este mensaje el ponente dio por terminada abruptamente su intervención y salió corriendo por la puerta giratoria. Le esperaba con el motor encendido un coche oficial con las lunas tintadas.

A la salida, bandas de agentes de las comercializadores de energía, apostados en las esquinas, abordaban a los usuarios, que ya sin apenas defensas, caían como moscas en sus garras, accediendo a proporcionarles sus datos de facturación.

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