La noche de los allegados convivientes

Llegan las fiestas navideñas y, pandemia mediante, con ellas toca esclarecer el papel de una institución hoy tan importante como la allegaduría. ¿Alguien tiene claro quienes son sus allegados/as? ¿Cuándo se puede afirmar que dicha condición sea verdadera o falsa? ¿Pueden considerarse allegados el vecino o la vecina del quinto? Los tropecientos amigos de las redes sociales ¿son verdaderos allegados o son allegados de pega? ¿Son los cuñados y las cuñadas verdaderos allegados/as o se consideran pseudo-allegados/as políticos/as? Y hablando de política, por ejemplo ¿pueden realmente ser allegados entre sí un voxiano y una podemita? ¿Qué pasa si un allegado o allegada solo lo es respecto a uno de los integrantes de la unidad de convivientes? ¿Las allegadas/os de mis allegadas/os son también mis allegadas/os? ¿Puede un allegado o allegada convertirse en conviviente y viceversa a lo largo de una velada?

Resulta imprescindible fijar claramente la condición de allegado/a. Se trata de evitar que una reunión familiar entrañable se pueda convertir en un aquelarre en el que los allegados/as, convertidos en apestados/as, puedan pulular por las casas de los convivientes, cual bomba radioactiva esparciendo el virus a diestro y siniestro, como diría nuestro muy honorable barón castellano-manchego.

Ejemplo de reunión con muchos allegados juntos.

Mi propuesta sería regular esta figura y establecer un estatuto del allegado/a, con sus derechos y obligaciones bien establecidos. Para obtener dicha condición de candidato/a a la allegaduría debería pasar un examen previo con dos pruebas: una teórica y otra práctica. En la parte teórica se sometería a los aspirantes a un cuestionario acerca de la realidad social del grupo al que se quiera allegar. Se evaluaría su grado de conocimiento acerca de la edad, género u orientación sexual, ocupación, adicciones, gustos gastronómicos y perfil psicológico de la unidad de los convivientes. La misma batería de preguntas se plantearía a la unidad de convivientes para conocer el perfil de los candidatos/tas a la allegaduría. Solo los que superaran esta prueba teórica podrían acceder al examen práctico. Este consistiría en una videoconferencia en el que los aspirantes y el grupo conviviente interactuarían durante una hora diaria, una semana antes de que lleguen las celebraciones. Si los aspirantes superaran con éxito esta última prueba obtendrían el carnet oficial de allegado o allegada, lo que les permitiría asistir sin trabas a las veladas festivas, a consumir las viandas y a libar de las bebidas del grupo de convivientes al que se desee allegarse. Hay que hacer la salvedad de que la condición de allegado/a estaría sujeta a las limitaciones establecidas por una Ley Orgánica de Allegaduría (LOA) y que podría ser revertida por cualquier conviviente si considerara que los allegados/as llegan demasiado lejos en su familiaridad, poniendo en peligro la convivencia o la despensa del grupo de acogida. A los que se despoje de esta condición no se les permitiría allegarse a ningún grupo conviviente en los meses siguientes.

Para defender los derechos de los allegados y allegadas se podría crear la institución del Defensor del Allegado que se encargaría de negociar con los convivientes acomodo en estos tiempos de burbujas habitacionales. También se impulsaría a modo de lazaretos u hospicios unos Hogares del Allegado que ampararan a los que no hubieran logrado integrarse en una unidad de convivencia estable. Los aspirantes a allegados/as que hayan sido eliminados en las pruebas de admisión o que hayan infringido las normas cívicas de convivencialidad podrían no obstante ser invitados a las celebraciones de las instituciones benéficas en sus campañas de “siente a un desallegado o a una desallegada a su mesa”.

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