La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (y 11). Conclusiones

En los artículos precedentes hemos narrado las andanzas e infortunios que vivieron los resueltos integrantes de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna que, partiendo de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, vacunaron a las gentes de Canarias, Puerto Rico, Venezuela, Cuba, Centroamérica, México y parte del actual EE.UU, Filipinas, Macao, Cantón, Santa Elena, Colombia, Perú, Ecuador y Chile, divididos en dos ramas, la de Francisco Xavier de Balmis y Berenguer que dio la vuelta al mundo y finalizó su itinerario en 1807 y la de Joseph Salvany i Lleopart, quien perdió la vida durante la misión, y que ya sin él se dilató hasta 1812.

La Expedición Filantrópica fue el primer proyecto sanitario de escala planetaria y la primera campaña de salud pública de toda América, por lo que a cada uno de sus participantes le caben sendos títulos personales de la misma categoría en la especialidad de cada uno de ellos. A estos honores, la enfermera Isabel Zendal Gómez añadió el de ser la primera enfermera en misión internacional, como así dictaminó la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1950.

La Expedición Balmis-Salvany fue un gran logro de la Corona española, como se refleja al situarla frente a los “méritos” de la Corona británica en la misma década en la vacunación de su colonia principal, la India.

Carlos IV de España, a quien la viruela había arrebatado un hijo, organizó generosamente una expedición estatal sufragada por el erario público, que llevó la vacuna a todos los territorios de su imperio y que vacunó gratuitamente al mayor número posible de personas sin distinción de etnia, nacionalidad, religión o clase social.

En claro contraste con el proceder del rey español, la Corona Británica se despreocupó del asunto y la vacuna llegó a la India gracias a la iniciativa privada de individuos particulares, con la única intervención de algunas autoridades que actuaron motu proprio. Las acciones británicas no formaron ciertamente parte de una campaña, se desarrollaron sin instrucciones, ni objetivos o métodos generales; y siempre con la prioridad de vacunar primero a los blancos, después a sus sirvientes y soldados, y por último a los indígenas.

Muchos son los autores que nos muestran una expedición filantrópica motivada exclusivamente por los intereses económicos de la Corona española en sus colonias, y no se puede negar que los funcionarios de la Corte pensaron en el perjuicio económico de perder grandes cantidades de mano de obra por la epidemia. No obstante, los actos de la Real Expedición se pueden analizar legítimamente desde la perspectiva de la fraternidad y la filantropía de la Ilustración. Sin estos principios no podríamos entender las vacunaciones sin ninguna trascendencia económica de indígenas en poblados remotos de los Andes, la participación desinteresada de religiosos pertenecientes a órdenes misioneras y sanitarias, la oposición filantrópica a la contraprestación económica por la dispensa de la vacuna, la vacunación altruista de tribus enfrentadas a la Corona española, la vacunación de británicos en un momento en que España estaba en guerra con su país… y tantas otras acciones de los expedicionarios de las que nada se trasluce relacionado con el control de la población o los territorios, la explotación de los indígenas, la obtención de recursos naturales, la preferencia de la metrópoli en los negocios o cualquier otro aspecto característico de los imperios europeos posteriores.

Adicionalmente a sus valores sociales, la expedición española tuvo una gran relevancia científica. La vacuna fue descubierta por Edward Jenner en Inglaterra en el año 1796, pero las campañas de vacunación, entendidas tanto en su aspecto sanitario global, como en el organizativo moderno, fueron una innovación de la Corona española.

La expedición filantrópica española estableció muchos de los métodos que encontramos en las campañas de vacunación modernas y que representaron una novedad en su época. Fue planificada en detalle antes de su partida: se establecieron los objetivos, se determinó su financiación, se planificaron las rutas, los transportes y la logística necesarios, se decidieron sus integrantes en número y funciones, se seleccionó a sanitarios con experiencia o se formaron específicamente para la vacunación. Por otra parte, idearon las formas de publicidad en las ciudades visitadas, se hicieron campañas propagandísticas al llegar a las ciudades (desfiles, fiestas, misas…) ¡incluso se diseñaron los carteles que habrían de ponerse en las cantinas para dar a conocer la llegada de la vacuna a la ciudad! Tuvieron en cuenta la participación de las autoridades administrativas, religiosas, sanitarias y de prestigio de las ciudades. Más aún, instituyeron un método de vacunación probado y estandarizado, y se definieron reglamentos de vacunación, e incluso se tuvieron en cuenta cuestiones éticas (como el consentimiento del tratamiento o la protección de los vacunados). Y por último, para la etapa posterior a su paso por las ciudades, se crearon Juntas de Vacunación para mantener el fluido vacunal, se formó a sanitarios locales y se definieron reglamentos de conservación de la vacuna.

En suma, de forma sencilla se tocaron casi todos los aspectos que tienen en cuenta hoy en día las campañas internacionales de vacunación. Con el Programa de Erradicación de la Viruela (1966-1980) de la OMS (ONU), campaña sanitaria heredera de muchos de los principios de la expedición ilustrada española, se terminó en 1980 definitivamente con esta mortal enfermedad. La única enfermedad humana totalmente erradicada de la faz de la Tierra.

Un conocido historiador australiano ha echado mano recientemente del tópico para calificar la expedición de “quijotesca”, olvidando que estuvo bien planeada y que estos planes se asentaban sobre una manifiesta experiencia española en la organización de expediciones. Considerando que su ejecución fue un éxito demostrable, yo diría que la consumó un Quijote lúcido.

El propio Jenner se refirió a la Real Expedición española, en carta a su amigo el reverendo Dibbin del 22 de noviembre de 1806, en los siguientes términos:

No imagino que los anales de la historia ofrezcan un ejemplo de filantropía tan noble y tan amplio como este.

No se puede decir más.

El epidemiólogo estadounidense John Michael Lane (izquierda), director del Programa de Erradicación de la Viruela de la OMS (ONU), junto a tres sanitarios locales.

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