Elio Antonio de Nebrija científico renacentista

Hace cinco siglos que falleció Elio Antonio de Nebrija en Alcalá, la más universitaria ciudad del valle del Henares, el que fue el humanista que escribió la primera gramática de una lengua europea moderna rindió su vida cuando trascurría el segundo día del mes de julio de 1522.

Bautizado con el nombre de Antonio de Cala y Jarana, no nació en “Nebrija”, sino en Lebrija (Sevilla) en 1455. Este giro denominativo parte del nombre romano de su ciudad natal, Nebrissa Veneria, prosigue por la costumbre de Antonio de firmar sus libros con su nombre latinizado, “Antoniius Nebrissensis”, y retorna al castellano convirtiéndose en “Antonio de Nebrija”, natural de una localidad inexistente.

Pero aún su nombre esconde otra curiosidad, ¿de dónde sale ese “Elio”, si fue nominado en la pila solo como Antonio?

Nebrija se graduó en la Universidad de Salamanca, y quiso ampliar estudios en el español Real Colegio de San Clemente de Bolonia en el que, además de las materias humanísticas, se preocupó de la medicina, las matemáticas, la cosmografía y la geografía. Unos años después, será en esta ciudad italiana donde surgirá la segunda edición impresa de la Geografía de Claudio Ptolomeo (Bolonia, 1477), incluidos muchos de sus mapas originales y que corregía los errores de la príncipe.

A su regreso a España en 1470 tomó el prenombre latino de “Elio”. Al decir de unos, por el comandante romano que conquistó la provincia Bética, y al de otros, por ser un nombre romano común en la comarca de la que Antonio era originario; con todo, podemos considerar plausible que la primera circunstancia diera lugar a la segunda.

Sus obras constituyen la base del humanismo español del Renacimiento: una gramática latina (Introductiones latinae), publicada en 1481, que cambió el estudio y la escritura de esa lengua en Europa, en una época en la que era fundamental para el estudio de las ciencias, tanto para leer a los clásicos como para redactar textos científicos; la Gramática castellana, agosto de 1492, que será el modelo de muchas otras, incluidas las que realizarán los religiosos españoles en America y Filipinas de las lenguas indígenas; un diccionario latino-castellano; un vocabulario castellano-latino… y un sin número de obras más.

No obstante, Nebrija era un sabio del Renacimiento, de modo que no podía descuidar sus conocimientos científicos, y escribió algunos textos de valor en esta área del conocimiento: una cosmografía (In cosmographia libri introductionum), probablemente de 1498, unas tablas sobre las horas de luz en las distintas ciudades según el paralelo geográfico, además de un Diccionario de términos de Cosmografía que no llegó a ver la luz, una lección de matemáticas (De numeris), una sobre medidas (De mensuris), y otra sobre los pesos (De ponderibus), un par de obras sobre la reforma del calendario, de las que solo publicó la segunda (Carmina ex diuersis auctoribus ab Antonio nebrissensi in calendarii ratione[m] collecta), y fue el impresor de una edición de la Materia Médica de Discórides.

Los historiadores de la Ciencia suelen afirmar que en la centuria de 1500, los descubrimientos geográficos se demoraron en ser considerados en la teoría geográfica (la Cosmografía). Esta aseveración es válida para Centroeuropa, pero no para España y Portugal.

La cosmografía de Nebrija tiene su mérito, ya que no siendo un texto innovador científicamente hablando, sí es novedoso, pues se trata de la segunda geografía teórica original en Europa que incorporaba la visión matemática de Ptolomeo (después de la Cosmographia dans manuductionem in tabulas Claudii Ptolomei, Basilea, 1496, del cracoviano Lorenzo Corvin de Nowy Targ) y es la primera cosmografía ibérica que incorpora tales principios ptolemaicos, que permitían proyectar mapas en un plano. Nebrija en su obra incluso ofrece los métodos matemáticos para llevar a cabo esta tarea.

Es también la primera cosmografía de cualquier género que habla de los nuevos descubrimientos portugueses en África; así, Nebrija rechaza que el Océano Índico sea un mar cerrado, y es la primera o la segunda que menciona los descubrimientos españoles en América. La duda sobre su primacía viene dada por el hecho de que no conocemos con precisión su año de publicación y podría habérsele adelantado Francisco Núñez de la Yerba en su edición de la Cosmografía de Pomponio Mela, precisamente de ese año de 1498.

Elio Antonio de Nebrija era compañero y amigo del grupo de geógrafos de Salamanca (el mencionado Francisco Núñez de la Yerba, Hernán Núñez de Toledo y Guzmán y otros) que fueron los primeros en dudar de la idea de Cristobal Colón de que las tierras descubiertas eran las Indias en el Asia. Este mérito fue adjudicado erróneamente por Martin Waldseemüller y Matthias Ringmann en su mapa Universalis Cosmographia (Saint Dié de los Vosgos, 1507) al florentino Américo Vespucio.

Para finalizar nos ocuparemos de desmentir otro equívoco. Antonio de Nebrija fue quien sugirió a Fernando el Católico la divisa Tanto monta para su escudo personal, basada en la historia de Alejandro Magno, quien resolvió el desafío del Nudo Gordiano, aquel que atado al yugo de Gordias nadie sabía desatar, cortándolo con su espada mientras declaraba Nada importa. Alejandro mostraba así que resolver el acertijo no tenía valor, sino solucionar el problema, y Fernando, hombre pragmático, pensaba de igual forma.

Se ha dicho a menudo que Maquiavelo se inspiró en Fernando el Católico, rey de Sicilia en aquella época, al escribir su libro El Príncipe, a quien menciona en sus páginas, entre otros regentes. Hemos de desterrar la amoral síntesis que se hace de El Príncipe “el fin justifica los medios” (sentencia que no aparece en la obra) y darle un sentido más pragmático, el de buscar la solución y no dejarse enredar en las complicaciones teóricas que tanto montan, es decir, que nada importan.

Pues bien, Fernando incorporó a su escudo el yugo de Gordias, circundado por el Nudo Gordiano ya cortado, con el mote Tanto monta. El yugo y el nudo se unieron a las flechas de Isabel de Castilla para formar el escudo de los Reyes Católicos. Los historiadores del siglo XIX convirtieron su divisa en la apócrifa frase Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando con el sentido de la igualdad de la pareja de reyes y de reinos. Un bulo que parece nos han dejado para siempre.


Estatua de Elio Antonio de Nebrija en la fachada principal de la Biblioteca Nacional de España. Foto: José Javier Martin Espartosa.

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