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Entrevista

Encuentro con Julio Peregrina Pérez en Alboreca

En la actual pedanía seguntina de Alboreca, nos encontramos con un singular artista, se llama Julio Peregrina Pérez, tiene 83 años y su especialidad es la realización de esculturas con desechos de chatarra, de origen, en su mayoría, de origen mecánico. Su madre es de Alboreca y su padre de Mojares. Nació en plena guerra civil en 1937 y se crió en Mojares (también ahora pedanía de Sigüenza) en los tiempos del estraperlo. “Estuve en la escuela de Mojares hasta los 12 o 14 años porque entonces allí existía una escuela a la que asistíamos 28 alumnos”, nos dice.

Julio junto a uno de sus artefactos construido con materiales reciclados.

Continúa relatando su trayectorial: “A los 18 años me fui a estudiar a Zaragoza a una escuela de mecánica”. Luego estuvo durante mucho tiempo dando cursos de formación. Mientras estaba en Pamplona surgió una plaza en Sigüenza que era nueva y estuvo trabajando durante seis años de director de la oficina de empleo. Luego retomó la enseñanza al salir una plaza de coordinador técnico de Guadalajara en el centro de formación y se incorporó como coordinador técnico de todos los cursos que allí había. Se jubiló hace 18 años en el 2002 cuando empezaban a proliferar los cursos de ordenadores, tecnologías que siempre contempló con cierto recelo. “A mí lo que siempre me ha gustado es controlar las cosas, verlas. Entonces iba por todos los cursos y cuando tiraban las piezas a la chatarra, las que me interesaban las traía para acá”.

Cabeza de caballo.

Le preguntamos cómo surgió su afición a la escultura: “Esta afición surgió de que yo tengo como norma que no tirar nada, lo guardo todo, tengo mi desguace particular. Como me dedicaba a la mecánica entonces guardaba todo lo que salía de de allí y tenía ideas de hacer figuras y de hacer algo con ello, en vez de tirarlo a la basura”. En efecto, como afirma Julio, el 99% del material que podemos ver expuesto cerca de su casa en Alboreca, procede de la automoción. “Excepto algo de agricultura todo lo demás viene de coches históricos ya como el 124, el dos caballos… todo son piezas mecánicas. “La cabeza de aquel caballo”, dice señalando una de sus esculturas, “es una caja de cambios, lo demás es una llanta de rueda mientras que lo que lleva al cuello es un cigüeñal”. Podemos observar sus esculturas que exhibe al aire libre en  un reciento que tiene junto a su taller y junto a un huerto. Como ejemplo de una de sus obras en las que no todo es mecánico nos muestra el cuerpo de lo que se asemeja a un carnero: “Esto es por ejemplo un jergón antiguo que alguien tiraría” y la escultura se completa con ¡un depósito de gasolina de una moto! “Son piezas recicladas de automoción, luego dándole vueltas veía que esta me cuadra aquí y esta otra ahí. Muchas figuras las paraba y las retomaba al año siguiente, cuando me faltaba un pieza pero la idea ya estaba cogida y cuando la veía, decía, esta me cuadra para ponerle la cabeza, la crin de un caballo, los cascos… En un principio iba muy despacio ya que estaba trabajando dando cursos de formación”. Dice señalando a una escultura del caballero de la triste figura: “El primer Quijote lo hice en 1970, una vez jubilado ya le he dedicado más tiempo a esto pero yo ya tenía bastantes obras hechas” mientras trabajaba.

Una de sus obras más recientes es la figura de un guardia civil articulado que se mueve con una bateria incorporada.

Julio nos desvela el secreto de su creatividad: “A la cama no hay que ir a dormir, hay que ir a pensar, a darle al disco duro para que se vaya grabando. Allí surgen muchas cosas, porque estás tranquilo”, nos dice medio en serio, medio en broma.

Nos muestra lo que tiene entre manos: “Ahora mismo estoy haciendo una fuente de jardín de material reciclado. Está todavía sin terminar. Por ejemplo si me hace falta una arandela, voy a Guadalajara a buscarla al centro de recuperaciones, el otro día la encontré”.

Sancho Panza

Es pariente del artista seguntino Antonio Pérez. También nos dice que su padre era inventor de cosillas y que su tío, que era cura, ha hecho la mitad de los altares de la comarca. Quizá los genes familiares tengan que ver con su creatividad.

Aunque su taller se encuentra en Alboreca, un lugar apartado de los circuitos artísticos, Julio ha mostrado su buen hacer artístico en diversas exposiciones. En Menglanilla (Cuenca), en Guadalajara, en Rivas Vaciamadrid y también en Sigüenza. Sin embargo no tiene interés en vender su obra: “No he vivido de eso, no he vendido nada y tampoco tengo ansia de hacerlo”. Lo hace porque le apetece hacerlo “y además me fastidiaría deshacerme de estas cosas”.

Julio tiene tres hijas, las tres le piden que les haga cosas para sus casas pero la mayor, que  imparte Física en el colegio de los salesianos de Guadalajara, es la que está más interesada en su trabajo.

“Antes no había tablets, ni ordenadores, a mi me molesta mucho ver a los nietos siempre con eso, porque no tiene que ser bueno”, dice lamentando que se interesen más por las pantallas que por lo que él hace. Y nos señala un fuerte que hizo para ellos encaramado a un árbol y que no parece que haya conseguido llamar su atención. “Les hice allí un puesto de mando. Pues no, les va la tablet, no les veo yo como me gustaría verlos con el ánimo de cuando yo era chico, que cogía latas de sardina de los militares y con ello me hacía mis cochecitos, con las calabazas las ponía palos y hacía burros, ahora con las pantallas se van a quedar sin vista”, rezonga.

Julio junto al puesto de mando en un árbol que ha construido para sus sobrinos.

Julio también tiene un vistoso huerto a la entrada de su recinto escultórico. “Es una forma de foguearme, tengo unas judías verdes, no es lo mío, pero lo conozco, yo he trabajado en el campo hasta que me marché de aquí”.

Sigue haciendo cosas pero ha bajado el ritmo, “ahora me dedico más a restaurar”. También ahora está empezando a escribir sus memorias, “he empezado la primera parte y el índice”, nos dice que su hija le anima a continuar. Nos habla del vocabulario del agro, de la carpintería, de la forja y explica su filosofía de la vida: “Cuando empezaron a hacer cursos de informática, menos mal que me jubilé porque estaba sufriendo, hay que pensar y ahora te lo dan todo pensado, el cerebro se les tiene que achicar a la gente” y pone el ejemplo de los jabalíes: “Soy cazador y antes los jabalíes tenían buenas mandíbulas porque trabajaban la dentadura, ahora no tienen porque les echan comida como a los cerdos de casa”. Y termina: “Eso es lo que ocurre, que al final no hay cerebro”.
Nos despedimos, dando las gracias a Julio por su amabilidad en mostrarnos su obra y esperando que  pronto concluya sus memorias, que por lo que nos cuenta estamos seguros de su interés y en las que quiere plasmar toda su trayectoria vital y los modos de vida que ha conocido, que abarcan desde los tiempos de postguerra a nuestros días.