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Historia

Sigüenza en la guía de viajes de 1849

Las Guías de viajes nacen en el siglo XIX coincidiendo con un proceso de transformación social protagonizada por  una burguesía en ascenso que busca igualarse a la nobleza y adopta sus formas de vida y diversión. Al mismo tiempo, la mejora de las comunicaciones, el transporte y los establecimientos hoteleros, abrían oportunidades para nuevas formas de ocio. Era la época de auge de los baños termales y en San Sebastián Isabel II ponía de moda  los baños de ola.

Viajar se convertía en un placer y la inquietud por conocer nuevos destinos alimentaba la edición de las guías de viaje. Redactadas con un estilo serio y descriptivo, este género literario con fines utilitarios llegó a ser un atractivo y fascinante instrumento para un público deseoso de ampliar horizontes y para facilitar su consulta durante el trayecto, se editaban en un tamaño pequeño y manejable, que podía “llevarse cómodamente en un bolsillo”. Su lectura resultaba muy ilustrativa al ofrecer “datos útiles”: describían en detalle itinerarios, distancias medidas en leguas, número de habitantes de cada municipio, sus monumentos, ferias y fiestas y los alojamientos. Informaban sobre el sistema de pesas y medidas; los horarios y direcciones del servicio de correos, diligencias y postas. De los balnearios ofrecían información sobre la calidad y temperatura de sus aguas, la temporada de uso y los médicos que los dirigían. Un lugar destacado ocupaba el capítulo dedicado a la historia de España, su gobierno y administración, así como un reglamento del viajero que debía conocer todo aquel que estuviera dispuesto a emprender la aventura.

Para los viajes que se realizaban por carretera, las guías ofrecían diferentes itinerarios trazados sobre una red de vías primarias y secundarias. Según su calidad e importancia, se distinguía entre caminos de herradura, caminos de calzada, veredas y cañadas. Los de herradura eran caminos secundarios que comunicaban pueblos entre sí, pero transitar por ellos resultaba incómodo y peligroso por los socavones, charcos, piedras y polvo. Las carreteras principales, caminos de calzada o carreteras reales, enlazaban Madrid con las ciudades más importantes, aunque en algunos tramos tampoco gozaban de buen estado de salud, a juzgar por los comentarios de los viajeros. Para el tránsito de ganado se utilizaban las cañadas y por las veredas circulaba el correo. A caballo, en diligencia, en calesa, en carro o en galera, según la disponibilidad económica de cada uno, se realizaban los desplazamientos. La diligencia o coche de caballos, era el medio de transporte más importante. Tenía  capacidad para ocho personas, que ocupaban diferentes plazas según el importe de su billete: la berlina era el espacio más elegante y cómodo, donde se acomodaban ampliamente tres pasajeros. El coupé ubicado en el piso superior, disponía de cinco asientos un poco más estrechos y en la “baca” se colocaban el equipaje y los pasajeros más modestos. Las galeras realizaban el trayecto por vías secundarias a un precio más económico  y con menos comodidades. Para facilitar el descanso de viajeros y caballerías, en los  diferentes recorridos existían una serie de paradas de postas y diligencias, así como posadas con cuadra para los caballos. Por doce reales podían disfrutar los viajeros de una buena comida,por dos de un desayuno abundante y por 4 reales de una buena cama para descansar.

Las guías de viajeros son testigos de la mentalidad del siglo XIX, reflejada en  unos hábitos de vida, modas y costumbres. Poseen un indiscutible valor como fuente histórica, por la gran variedad y cantidad de información que contienen sus páginas.

La Guía de Viajeros de Francisco de P. Mellado

Una de aquellas guías fue editada por Francisco de Paula Mellado, empresario de la España Isabelina del siglo XIX, con una amplia trayectoria como geógrafo, periodista, escritor, editor e impresor. Su  inquietud no es de extrañar, teniendo en cuenta que era cuñado del gran historiador Modesto Lafuente, autor de

una Historia de España en veinticinco volúmenes. De la imprenta Mellado salió la  primera enciclopedia española “La Enciclopedia Moderna”.
Mellado en el año 1842 escribió la  “Guía del Viagero en España“: comprende una noticia geográfica, estadística e histórica del Reino; descripción de Madrid y de las principales  poblaciones  de España; noticia de los caminos generales y transversales”. En la introducción mostraba su intención de ofrecer una visión real, capaz de acabar con la imagen literaria y romántica de España, aportada por los viajeros extranjeros, donde aparecía un paisaje plagado de bandoleros, aventureros, mendigos y vividores, heredada de la literatura picaresca del Siglo de Oro. Una imagen ideada por autores para satisfacer la inquietud de sus lectores, pero que no coincidía con la realidad del siglo XIX. Para lograr su objetivo y, ante la imposibilidad de recorrer el país,  Mellado recogió la información, redactó su libro y envió una copia a cada uno de los municipios, para que le actualizasen los datos y le corrigiesen los posibles errores, antes d enviar el libro a la imprenta.

Viajar de Soria a Sigüenza en 1849

En la tercera edición de la Guía de Viajeros del año 1849 el recorrido nº 36 salía de Soria a Guadalajara, por Almazán y Sigüenza, con una distancia total de 27 leguas y media, efectuando el siguiente itinerario: Soria-Los Rábanos-Lubia-Almazán-Bordeje-Adradas-Miño-Mojares-Sigüenza-Mundayona-Venta de Almadrones-Venta del Puñal-Venta de Granjanejos-Trijueque-Torija-Valdenoches-Taracena-Guadalajara.

El excursionista interesado en visitar Sigüenza encontraba  en la Guía de Viajeros esta sencilla descripción:

“Sigüenza, ciudad, cabeza del partido de su nombre en la provincia de Guadalajara, sede episcopal sufragánea de la de Toledo, con 4.868 habitantes, situada cerca de los confines de Castilla y Aragón: sus calles son buenas aunque en cuesta y elevadas, pero las de la parte baja de la ciudad son regulares y espaciosas, y contiene muchas y buenas casas; hay también en esta parte el colegio de universidad, los edificios que fueron conventos de gerónimos y franciscanos, y un hermoso paseo. Se abastece de aguas por conducto de un acueducto mandado construir por un señor obispo de la diócesis; está murada con siete puertas, y debió de ser fuerte en tiempos anteriores según los restos que quedan de sus murallas. La catedral es de piedra labrada hasta en las bóvedas, que sostienen 24 pilares. En ella se distinguen la capilla dedicada a Santa Catalina donde hay unos sepulcros muy bien ejecutados, y otra en el crucero del Evangelio de excelente mérito, en donde se veneran las reliquias de Santa Librada, patrona de la ciudad…”

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