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Mi entrevista a monseñor Plá Gandía

La historia que les  voy a contar no creo que aporte gran cosa al proceso de beatificación y canonización de Don Jesús Plá Gandía, obispo de Sigüenza desde el 5 de mayo de 1981 hasta el 11 de septiembre de 1991. Tampoco es mi intención. Sin embargo, sí poner de manifiesto la sencillez y la humildad de aquel obispo al que nada más terminar el acto de toma de posesión de su nueva diócesis le “asaltó” quien suscribe – entonces periodista en ciernes - con una grabadora talla XL para hacerle unas cuantas preguntas. El testimonio gráfico de aquel encuentro, que pueden ver junto a estas líneas, fue recogido por la cámara de Manuel Conde.

El nuevo obispo podría haberme dicho que no era el momento para hacer entrevistas, que le dejara aterrizar y reponerse de las muestras de cariño recibidas durante su entrada en la ciudad a lomos de una mula blanca,  creo que de Bujarrabal, o simplemente que le llamara más adelante a su secretario. Pero, afortunadamente, no fue así.

Ni siquiera me preguntó monseñor Jesús Plá Gandía para qué periódico trabajaba o dónde iban a publicarse sus primeras valoraciones  sobre su nuevo destino episcopal. Menos mal.

Si lo hubiera hecho, me habría puesto en un apuro, pues yo estaba entonces en expectativa de destino. Había acabado la mili y funcionaba como “freelance”. Me buscaba la vida haciendo reportajes para quien me los quisiera comprar, después de haber trabajado unos meses en el periódico “La Prensa Alcarreña”. Para que me entiendan mejor: ejercía de meritorio. Llamaba a las puertas de algunos periódicos y revistas ofreciéndoles a un módico precio mi mercancía informativa.

Precisamente por eso recuerdo con afecto y cariño aquella entrevista dentro de la catedral, además de por el honor que supone – si la causa de canonización llega a buen puerto – haber entrevistado en mis comienzos profesionales a un santo. Recuerdo que me coloqué con mi cámara Yashika junto al Asilo, para fotografiar de cerca al prelado valenciano cumpliendo la vieja tradición de entrar en la ciudad a lomos de una mula blanca. Le hice alguna instantánea tomando las riendas del animal y volví a disparar la cámara en numerosa ocasiones hasta llegar a la Plaza Hilario Yaben – más conocida por  Plaza de los Vagos -, donde le ayudaron a bajar de la caballería para continuar a pie el recorrido hasta la catedral por la Calle Cardenal Mendoza, a través de una alfombra de flores, adornada con los escudos de Sigüenza y de la Diócesis. Al final de la calle se había levantado un arco con unas palabras de bienvenida para el nuevo obispo.

Aunque han pasado ya 34 años de aquella toma de posesión y algunos de los lectores de este artículo ni siquiera habían nacido, la entrada de Don Jesús Plá Gandía a Sigüenza a lomos de aquella mula blanca fue para mí como una bendición en el sentido más amplio de la palabra. Con las fotos que le hice a su llegada y con sus primeras palabras, grabadas en el viejo magnetófono Sony de mis comienzos profesionales, me volví a Madrid y escribí un reportaje que intentaría vender con las fotos del obispo a alguna revista.

El interés periodístico, para un medio de tirada nacional, podría radicar en la singularidad de poder contemplar a monseñor Jesús Plá Gandía cubierto con la mitra y subido en la mula saludando a la multitud. Pensé en llevar el reportaje al Diario Ya, por ser el periódico de la Conferencia Episcopal Española, o intentar colocarlo en alguna revista o suplemento dominical, pero un amigo me aconsejó probar fortuna en la revista ¡Hola!, donde cada semana publicaban – y siguen publicando - algunas páginas de noticias curiosas e insólitas.

Ni corto ni perezoso, cogí una carpeta con las diapositivas de la ceremonia y el texto donde contaba la llegada del nuevo obispo a Sigüenza, y me fui a la Calle Miguel Ángel a ofrecer mi curiosa mercancía. Después de tenerme un buen rato esperando, fui recibido por el director Eduardo Sánchez Junco. Le expliqué el motivo de mi visita, le enseñé las fotos y el texto que llevaba conmigo, le dije que lo de la mula era una tradición arraigada en la ciudad desde hacía siglos, y se me quedó mirando como si no me hubiera oído. 

Luego, de forma correcta y educada, me dijo: “te puedo dar cincuenta mil pesetas por un par de fotos, pero del texto sólo sacaremos unas cuantas líneas”. No me lo creía. Era casi el doble de lo que cobraba al mes en “La Prensa Alcarreña” pateándome los pueblos de la provincia. En aquel momento, le hubiera dado un abrazo, pero era la primera vez que nos veíamos. Le dije: me parece muy bien y si quiere le escribo otro texto más resumido.
Sacaron la noticia una o dos semanas después en la sección “Mundo Singular” del ¡Hola!, con una foto del obispo  por la Calle Villaviciosa y un breve texto, creo que sin mi firma.

Fue mi primer y casi único acercamiento a Don Jesús Pla Gandía. Sin embargo, siempre retuve en mi memoria la imagen de haber estado delante de un hombre bueno y sencillo.
Un día, charlando con Don Daniel en el Asilo, me confesó las reticencias del obispo que ahora está en proceso de beatificación y canonización respecto a los campamentos de “Abriendo Camino”. Tanto es así que el cura de Santa María - para mí, Don Daniel siempre será el cura de Santa María - le invitó a que les acompañase a Alcocéber (Castellón) y viera sobre el terreno las actividades de los chicos y chicas en el campamento. Debía de pensar el obispo, según me contó Don Daniel, que se consentían más juergas de las debidas. Al conocer por dentro el campamento, el obispo Jesús Plá Gandía rectificó: felicitó a Don Daniel por el enorme trabajo que estaba haciendo y le animó a seguir “abriendo camino” con los jóvenes seguntinos. “Me dijo que no abandonara jamás esta iniciativa”, me comentaba Don Daniel aquella tarde en la terraza del Asilo. Como suele ocurrir tantas veces, las apariencias engañan.

Y ya que hablamos de apariencias, tengo que confesarles que la foto de mi entrevista al obispo Don Jesús Plá Gandía ocupó un lugar visible y preferente en el salón de la casa de mis padres hasta que ellos nos dejaron.

Para mi madre esa foto debidamente enmarcada, que enseñaba a las visitas, fue una especie de bendición y un buen argumento para convencerse también ella de algunas bondades que podía tener la profesión elegida por su hijo.