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Yo aun diría más

Cuestión de paladar

Una de las cuestiones más curiosas e interesantes de la lengua española es la que atañe a las letras elle e i griega. La evolución de su uso es un ejemplo de la economía del lenguaje, esa especie de ley del mínimo esfuerzo (responsable, entre otras cosas, de la existencia del género no marcado) que tiende a simplificar la lengua cuanto sea posible. Habrá quien diga que es que hoy en día somos unos analfabetos, que estamos perdiendo una importante diferencia fonética, pero lo cierto es que ya desde el siglo XIV (y probablemente antes) hay muestras de confusión en el uso y la pronunciación de estas dos letras.

En las regiones tradicionalmente yeístas, el fonema de la ll (/ʎ/) resulta muy difícil de pronunciar para los hablantes (como ya dije en otro artículo, lo que realmente cuesta es “labrar un surco nuevo” en el cerebro y, en este caso, también en el aparato fonador), y cuando intentan hacerlo recurren a soluciones intermedias e inexactas, como pronunciar “cabalio” o “cabaio” por “caballo”. Se acerca bastante, porque a diferencia de la “y”, la “ll” es lo que se llama una consonante aproximante: es decir, que la lengua no termina de estar en contacto con el paladar, y por lo tanto no detiene completamente el flujo de aire (consonantes oclusivas) ni produce fricción o vibración (consonantes fricativas). Ni qué decir tiene que, a la hora de aprender a pronunciar el dígrafo “lh” del portugués, nos vendría que ni pintado saber distinguir nuestra propia “ll”, de pronunciación idéntica o muy similar, porque luego nos las vemos y nos las deseamos (yo el primero).

De todas formas, como yeísta recalcitrante que soy, no puedo terminar el artículo sin buscarle una lógica a este fenómeno: ¿por qué se está perdiendo la ll?

Sencillamente, porque no es necesaria en un sentido estricto. Hay poquísimas parejas de palabras en castellano que solamente se diferencien por el uso de la “ll” o la “y” (halla/haya, callado/cayado, valla/vaya, pollo/poyo, rallar/rayar, etc.), y la mayoría de ellas pueden deducirse por el contexto. Es la misma lógica que está provocando que se pierda la tilde de “sólo” (solamente) para diferenciarlo de “solo” (solitario): el contexto te permite saber de lo que estamos hablando. Y por eso el resto de palabras que llevan ll o y tienden a pronunciarse con un único fonema. ¿Que es una pena desde el punto de vista lingüístico? Sin duda, pero

¿quién se acuerda ya de la diferencia de pronunciación entre la b y la v?

Para más información, les remito al excelente artículo “Mi querida elle” de la filóloga Rosario González Galicia.

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